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lunes, 29 de diciembre de 2014

Sermón sobre el Apocalipsis (segunda parte): Padre Rafael OSB

Sermón sobre el Apocalipsis: Padre Rafael OSB

BREVE CATECISMO DE LAS MADRES: Gabino Chavez Pbro. (1892)

 BREVE CATECISMO DE LAS MADRES:

Misión, deberes, peligros y remedios.

Vulgarizar las enseñanzas de nuestra Religión, hoy tan olvidadas; manifestar la oposición que con ellas tienen las máximas del siglo, tan preconizadas y tan en boga; llamar la atención a las madres cristianas acerca de la nobleza y grandeza de su misión: advertirles la importancia de sus deberes, y el modo de cumplirlos, abriendo las páginas de la Santa Escritura; mostrarles la inminencia de sus peligros, y el rigor de los castigos con que Dios las amenaza; y señalarles los medios prácticos más a propósito para libertarse' de unos y otros; y todo ello en lenguaje popular y llano, y en forma muy breve: he aquí lo que nos hemos propuesto en este Catecismo que ponemos bajo los auspicios de la que es, no sólo la Virgen de las vírgenes sino también la Madre de las madres, y Madre de Dolores María Santísima. ¡Ella nos alcance el fruto que pretendemos!

Jueves Santo, del año de 1892. Gabino Chavez Pbro.
Con Licencia del Ordinario



I.
— ¿Cuál es la misión de las madres de familia?
—Es una misión en cierto modo apostólica; porque tienen que iniciar a sus hijos en la vida cristiana; tienen que formarlos en la piedad, enseñándoles la Religión, y tienen que educarlos en la moral evangélica.
— ¿Cómo deben iniciarlos en la vida cristiana? —Acostumbrándolos, desde, muy pequeños a persignarse y dar gracias al levantarse y acostarse; haciendo que las primeras palabras que pronuncien sean los nombres de Jesús y de María; encomendándolos a Dios por medio de su ángel custodio, y dándoles a reconocer y a reverenciar las imágenes de los santos.

— ¿Y cuáles madres faltan a estos deberes?
— Las que descuidan de cumplirlos, las que se fían para ello de manos extrañas, las que lo hacen mal o raras veces, las que llevan una vida mundana y disipada; pues es imposible enseñar la piedad quien no la tiene ni la ama.

— ¿Quiénes los cumplen?
Las que saben levantarse a buena hora y vencer la pereza; las que ruegan a Dios todos los días por sus hijos; las que recuerdan a menudo que han de dar cuenta al Señor de todos ellos; las que nunca se cansan de hacer estos dulces oficios por sí mismas.

 — ¿Cómo deberán formarlos en la piedad y enseñarles la Religión?

—Inculcándoles desde muy tiernos la devoción a la Virgen Santísima; haciendo que lleven al cuello su Rosario y alguno de sus Escapularios: imponiéndolos a besar sus imágenes y a visitar sus Santuarios, leyéndoles libros adecuados a su capacidad, donde aprendan los misterios y dogmas de la Religión.

— ¿Quiénes faltan a estas obligaciones?
— Las madres que no hacen nada de esto; las que asustan a los niños pequeños con las imágenes; las que los amenazan con rezar el Rosario, o los castigan con llevarlos a la Iglesia; las que los dejan jugar con el Rosario, o con relicarios u otros objetos del culto.

— ¿Por qué no se les debe amenazar o castigar con las cosas piadosas?
— Porque de ese modo las miran con miedo, con repugnancia, y hasta con horror y con odio.

— ¿Pues qué debe de hacerse?
— Lo que hacen las madres prudentes y juiciosas: darles a desear el rezo, la ida al templo, las prácticas piadosas, como una recompensa, como recreo y gozo; y por el contrario, mostrarles la privación de ello como castigo por sus faltas. Así se logra que vean lo bueno con ojos favorables, y que vayan amándolo, y detestando lo malo.

— ¿Qué más deberán hacer las madres por la moral de sus hijos?
— Cuidarlos como a la pupila de sus ojos; no mandarlos a pasear con personas extrañas; no dejarlos allanarse y familiarizarse con los criados; no dejarlos todo el día, y mucho menos por la noche, en casa de sus deudos o personas menos timoratas. El descuido en este particular es casi siempre causa de la pérdida de la inocencia de los niños y de su inmensa ruina.

— ¿Y de las escuelas, qué me decís?
— Que es preciso hoy más que nunca vigilar en que sean sólidamente católicas; por que habiendo en nuestro suelo tantas sectas heréticas, sociedades secretas, gentes incrédulas y aun ateas, es espantoso hoy el peligro, y por consecuencia mayor la obligación de vigilar, en los padres de familia. El gasto que se hace en la educación de los hijos es un gasto sagrado, y muchos padres no lo comprenden; de allí es, que por evitarlo, prefieren las enseñanzas mortíferas que envenenan gratis los corazones.

— ¿Pues qué debe de hacerse?
— Sacrificarse por la salud de los hijos, y aprovechar las enseñanzas gratuitas católicas, que tampoco faltan, cuando realmente no haya recursos para proporcionarles otra más conveniente.

II.
— ¿Qué debe temer la madre, especialmente de sus hijos varones?
— El orgullo y el encaprichamiento que muestran desde niños: es preciso reprimirlos con mano fuerte, hacerse obedecer a toda costa, y no dejar salir al hijo con sus necios caprichos.

— ¿Qué madres faltan en esto?
— Aquellas, numerosísimas por cierto, que no tienen más que caricias perpetuas para los niños, regalos y terneras; pero nunca correcciones ni castigos. Este es el gran defecto de las madres en México: sobra de mimos y cariños: falta completa de rigor racional y de castigos para con sus hijos.

— Pero el espíritu del siglo mira hoy  con horror a los padres que emplean con sus hijos el rigor sensible; ¿sería preciso pasar por no ser uno ya de la época?

—Es la verdad; pero la prudencia del siglo es necedad delante de Dios, y es mejor creer a la Santa Escritura que a todas las sabidurías del siglo, y a las vanas ideas de los mundanos.

— ¿Pues qué dice la Sagrada Escritura a ése respecto?
— Bueno es que las madres pesen sus palabras: “Él que perdona la vara, aborrece a su hijo.” (Prov. XIII. 24.) “No quieras quitar al niño el castigo, y si le azotas con la vara no ha de morir por ello.” (Id. XXIII, 13.) “Si tú le azotas con la vara, librarás su alma del infierno.” (Id. 14.) “La vara y la corrección da sabiduría, mas el niño que se deja a su voluntad, avergüenza a su madre.” (id. XXIX. 15.)

—Mas, ¿qué, el Espíritu Santo realmente mandará azotar 'con vara? 

— La vara significa el castigo corporal y sensible, aunque al pie de la letra no se aplique con vara; mas hay que notar las expresiones enfáticas de Ia Santa Escritura; porque, lo primero, asegura qué una madre que no castiga físicamente al niño, lo aborrece; de suerte que lo que parece amor y cariño, ante Dios, es verdadero odio; y da la razón en el otro texto:

Porque el castigarlo es librarlo del infierno, luego el no hacerlo es dejarlo caer en él, que mayor odio no puede haber. Dice, además, que el niño sin corrección, causará confusión a su madre, es decir, la avergonzará un día con sus hechos y torpe conducta; y burla la delicadeza exagerada de las madres, diciendo que no morirá el hijo del castigo, como algunas parecen temer, no temiendo echarlos al abismo.

— ¿Qué otra cosa dicen los Libros santos acerca de esto?
— En el Capítulo treinta del Eclesiástico, habla mucho en el particular, y de él entresacamos estos consejos: “El que ama a su hijo le frecuenta los azotes, para que en sus novísimos se alegre, y no ande tocando las puertas de sus próximos. Quien enseña a su hijo será en él alabado, y se gloriará entre los de su casa. Quien enseña a su hijo, pone en celo al enemigo, y entre sus amigos en él se gloria.

“Así como el caballo indómito se hace duro, así el hijo remiso se hace precipitado. Lacta al hijo y te llenará de pavor; juega con él y te contristará. No te pongas a reír con él, para que no te pese algún día. No le des potestad en la juventud, antes doblega su cerviz y vapula sus costados mientras es niño. Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces en su torpeza.

 — ¿Qué hay que notar en estas palabras?
— Lo primero, que insiste el Espíritu Santo en que el hijo se castigue cuando niño, y con frecuencia; lo segundo, que promete a Ios padres alegría y. regocijo si educan bien a los hijos, y a ambos felicidad en sus novísimos; lo tercero, que amenaza con lo contrario, es decir con pavor, tristeza, confusión y vergüenza, a los que no lo hacen; lo cuarto, que a los mismos hijos anuncia la mendicidad y varios males si no son corregidos.

— ¿Mas por qué dirá que quien lacta al hijo tendrá pavor, puesto que el lactarlos es obligación de las madres?
—Habla de los hijos en mayor edad, y es una figura: pues es como si dijera: regala al hijo, mímalo, consiéntelo, trátalo, con blandura y muellemente, y después te llenará de sustos, de aflicción y de pavor.

— Y ¿por qué añadirá, trabaja en él?
— Para significar que la educación es obra importante, laboriosa, y que necesita diligencia, estudio y cuidado. Muchos no quieren tomarse este trabajo.

— ¿Y el no darle potestad, y doblegar su cerviz, qué significa?
— No darles libertad, licencia y facultad para ir y venir, y manejarse por sí mismos, sino doblegarlos con el trabajo, que es un peso y carga que encorva, evitándoles el ocio y holganza, fuentes de mil males.    
                  
— ¿Y el tropezar en su torpeza, qué indica?
— Indica que los padres algún día tendrán que sufrir confusión y vergüenza, con la ignominia, los escándalos y la mala fama de sus hijos.

III.
— ¿Y de las hijas en particular, qué nos dicen las Sagradas Letras?
— Dicen así: “En la hija que no se recata afirma el cuidado, no sea que hallada la ocasión, abuse de sí.” (Eccli. XXVI. 13.) Quiere decir, si tienes una hija que no se aparte de las miradas y trato de los jóvenes, sino que a todos libremente mire, y todo lo observe, y todo lo recorra, atiéndela y guárdala, para que dada la ocasión, no abuse de su libertad entregándose a  la lasciva incontinencia, y liviandad.

— ¿Y no insiste en ello el Libro Sagrado como en lo de los hijos?
— Sí; varias veces en el mismo libro: por ejemplo, en el capítulo séptimo dice: “si tienes hijos, edúcalos y doblégalos desde su juventud; si tienes hijas, guarda su cuerpo y no les muestres rostro alegre."(Eccli. VII. 27.)

— ¿Y cómo puede hacerse esto?
— Dice un docto intérprete: “esto harás, si las contienes en su casa, si las apartas de los jóvenes, de los convites, de los bailes y de los teatros. Además, si tu hija siempre tiene a su madre por compañera, si sus sirvientes son castos y púdicos, si nunca escucha palabras indecentes, si continuamente se le inculca el amor a la pureza y al pudor, y el más grande horror a la impureza, entonces se le guarda su cuerpo según este consejo del Espíritu Santo.” (Alapide.)

— ¿Mas no es extraño que recomiende ponerles a las hijas mal semblante?
— Esto se hace, (dice el  mismo  piadoso  autor) tanto para reprimirles la ligereza, libertad y osadía, con la severidad del semblante, cuanto para inspirarles respeto y pudor,’ a fin de que no se atrevan a ofenderte; y también para que con las caricias y blandura de su mismo padre, no se acostumbren a aficionarse a los hombres, haciéndose más libres e inverecundas con ellos;

— ¿Decís que varias veces repite la misma recomendación?
— Varias veces, para que mejor se conozca su  importancia: en otra parte dice: “Asegura el cuidado sobre tu hija liviana, no sea que te haga venir a ser el oprobio de los enemigos por la murmuración de la ciudad, y la oposición del pueblo, y te avergüence entre la multitud de la gente” (Eccli. XLII. 11.) Es decir, como explica siempre Alápide, que a la hija procaz,  imprudente, ligera y propensa a la liviandad, es preciso guardarla con mucho cuidado porque si se le permite tratar libremente con los jóvenes, se perderá y llenará de oprobio a sus padres, haciéndolos la fábula y el escarnio del vulgo.

— Y en cuanto a permitirles a las hijas desposarse  ¿no dice algo la Sagrada Escritura?
— Dice: “Entrega tu hija a un hombre sensato, y harás una obra grande” (Eccli. V II. 27;) '
Llámala obra grande, explica Comedio, porque es una cosa difícil y útil, tanto a los padres que se libran de grandes molestias y responsabilidades colocando a sus hijas, como a estas, cuyo pudor se asegura poniéndolas en estado honesto, y a la república que con la prole crece en número, oficios y méritos” Mas adviértase que se trata de darla a un varón sensato, y esa es la dificultad, y por eso se llama obra grande.

— ¿Y si la hija no es llamada al matrimonio?
— Entonces puede entenderse el texto en sentido figurado, y el Varón sensato a quién se entrega, será Jesucristo, Esposo de las Vírgenes, siendo entonces la obra tanto más grande, cuanto más grande es Dios que los hombres, y cuanto más grande es la virginidad que el matrimonio.

— ¿De suerte que el consejo de la Escritura, no se reduce precisamente a dar a las hijas el estado del matrimonio?
— No: sino a que se les ha de dar oportunamente el estado que' elijan y a que se sientan inclinadas, o cómo dice el catecismo, a darles estado no contrario su voluntad.

IV.
— ¿Cuáles son los peligros de las madres?
— Todos los de los hijos: el peligro de que salgan caprichosos, obstinados, soberbios, iracundos; el peligro de que las hijas salgan ligeras, livianas, impúdicas, desenvueltas, presuntuosas, amantes del lujo y de las vanidades; el peligro de que unos u otras, salgan poco amantes, o aun enemigos de la Religión, poco piadosos, y aun impíos, inmorales e irrespetuosos.

— ¿Cómo se incurre en estos peligros?  
— Educando a los hijos según las costumbres del día; mimándolos, acariciándolos en demasía, dándoles una libertad que no les conviene, fomentando el lujo en las hijas, llevándolas al teatro y a los bailes so pretexto de cultura, y dejándolas familiarizarse con los varones para que tengan trato.

— ¡Son demasiados los peligros de las madres!
—No es eso todo; hay ahora gran peligro en las lecturas: novelas numerosas y malsanas ensalzando el suicidio, pintando con hermosos colores el adulterio, burlando las órdenes religiosas, y escarneciendo lo más sagrado, pululan por todas partes; préstanselas las jóvenes unas a otras con insaciable empeño, escóndenlas de los ojos de las madres, si es que ellas mismas no se las facilitan y recomiendan, o por lo menos les dan el ejemplo manejando delante de ellas esa clase de libros.

— ¿Y esos libros los conoce la Iglesia?
— No solo los conoce, sino que los tiene severamente prohibidos; todas las novelas de los autores de más fama como Dumas, Víctor Hugo, Jorge Sand, los dos Cock, etc., etc., están puestas en el Índice de los libros prohibidos, y es pecado grave el no respetar esa disposición de la Iglesia; y si se trata de libros que además de la moral, atacan al dogma, hay también excomunión para quien los lee o los conserva.

— Pero advierto que todo eso va contra los usos y costumbres actuales, pues hoy se usa dar libertad a los hijos, recomendar en las escuelas que nunca se les castigue con cosas dolorosas, dejarlos tratar con sus iguales, independerlos desde muy temprano, llevarlos a todo lo que es de diversión y de recreo; en fin, todo lo contrario a lo que se estaba diciendo: ¿cómo conciliar los deberes de la Religión con los usos de la época?

—No hay que intentar tal conciliación, pues dice el Espíritu Santo, que no puede haber ninguna entre Cristo y Belial, ni entre la luz y las tinieblas, (2. Cor. VI. 15.) Y el Señor Pio IX, dijo, que la Iglesia no podía conciliarse con el progreso y la moderna civilización, (que son pura corrupción.) Lo, que se infiere, pues, de esa oposición entre las máximas y costumbres actuales con la ley de Dios, es, que el mundo no ha dejado de ser, como siempre ha sido, uno de los tres enemigos del alma, y que el modo como nos tienta, es trayéndonos los dichos y usos de los mundanos.

— ¿Pues qué debe de hacerse?
— Desechar las máximas del mundo y seguir a Jesucristo, no queriendo servir a un tiempo a dos señores, lo que el Evangelio declara ser imposible. (Math. VI. 24.) Y añadiremos que este es tal vez el mayor de los peligros de las madres: el vivir entre los usos y las doctrinas más opuestas al espíritu de Dios, y verlas no obstante puestas en boga, y aún preconizadas como sabiduría y gran adelanto.

V.
— ¿Pues qué medios y remedios podrán practicarse para librarse de los peligros y poder cumplir con tan graves obligaciones?
— Los remedios, solamente los tiene y enseña nuestra santa Religión: contra las máximas del mundo, las máximas del Evangelio; contra los dichos y hechos de los mundanos, los dichos y hechos de los Santos; contra las modas y las bogas del día, las eternas verdades de la moral cristiana; contra los malos y perversos libros, los buenos, que no faltan, y los Libros Sagrados sobre todo.

— ¿Mas para atinar a escoger lo bueno y dejar lo malo, qué hacer?
— Buscar un director  prudente e instruido; frecuentar los sacramentos; llevar una vida piadosa; una madre mundana jamás podrá sacar una hija que no lo sea; decir adiós desde el día de su matrimonio a las vanidades y diversiones del mundo, considerando la alteza de la misión de una madre, y cómo el Señor derramó su preciosa sangre, a fin de santificar la unión del hombre y la mujer, elevando el contrato matrimonial a la. Dignidad, de sacramento.

— ¿Qué otros medios pueden tomarse?
— Ejercitarse en buenas lecturas. Son dignos de recomendarse ala madres, la Mujer fuerte y la Mujer piadosa del Señor Landriot, la Mujer cristiana de madama Mercey, los deberes de la mujer cristiana por la señora Livia Bianchetti, el Manual de las Madres cristianas, de Roca y Cornet, la Vida de Virginia Bruni, del Padre Ventura de Ráulica, y la Mujer católica, célebre obra del mismo. Además, deben recomendarse las Vidas de Sarita Mónica y de Santa Juana Francisca de Chantal, del Señor Bougaud, las de Santa Paula y sus hijas, del Abate Lagrange, la de Santa Rita de Casia, que trae muchas instrucciones para las madres, y aun la de Santa Catalina de Génova, la de Santa Francisca Romana y otras santas que se santificaron en el estado del matrimonio.

— ¡Pero esos libros formarían un estante lleno!
— Nada hay que extrañar, pues muchas tienen estantes llenos de malditas novelas, y de libros ligeros e inútiles, oportunísimo sería que se formasen colecciones de obras sólidas y cristianas, en las que pudiese hallarse al mismo tiempo solaz provecho, y que Las Asociaciones de Madres podrían comprar para formarse como una biblioteca, común, escogida aunque pequeña.

— ¿Qué otros medios asignáis todavía para el uso de las madres?
—El entrar en las Asociaciones que para ellas hay establecidas: como la de Santa Mónica, el meditar en la octava estación del Viacrucis que toda les pertenece, y practicar la lección, que Jesucristo ;dio allí a las madres, diciéndoles: “llorad por vosotras, y por vuestros hijos,” temiendo los castigos con que las amenaza a ellas allí también en particular; pues hablando, de la ruina de Jerusalén, figura del día del juicio, anunció que en aquel día se dirá: “bienaventurados los vientres que no concibieron y los pechos que no amamantaron,” (Luc. XXIII. 29.) Como si dijera: “bienaventuradas, el día del juicio las que no fueron madres, ni tuvieron responsabilidad de tales.”

 — ¿Qué: tan peligrosa es la suerte de las madres?
— Tanto que, su juicio y su infierno han de ser más terribles.

— ¿De dónde inferís eso?
—No tengo que inferirlo, sino solo, creerlo a la palabra de Dios que nos dice: “Durísimo juicio se hará a los que presiden.” (Sap. VI. 6.) O gobiernan, pues claro es que las madres están comprendidas en este número. Y esto, en cuanto al juicio; que en cuanto al infierno, dice: “Los que ejercen potestad, poderosamente serán atormentados,” (Id. 7) palabra que evidentemente comprende a los padres de familia, que ejercen potestad sobre sus hijos.

— Y ¿qué podrá hacerse para evitar tan terrible desgracia?

— Ya lo hemos dicho: conservar y aún aumentar la gracia de la vocación, por medio de la frecuencia de sacramentos: tener una especial devoción a la Madre de las madres y modelo de todas. María Santísima; tenerla con Señor San José, patrón de los padres de familia; tenerla con los ángeles custodios de los hijos; mirar al mundo y sus máximas con horror dirigiéndose solo por las del Evangelio, y meditando las grandes verdades que hemos insinuado de la noble misión de las madres, de sus espantosos peligros, de su terrible responsabilidad, de las lágrimas por sí y por sus hijos que el Señor les manda derramar, y del durísimo juicio y poderosos tormentos que les esperan, si no cumplen hasta donde les es posible con sus obligaciones. 

Un medio excelente de santificarse a sí y a sus familias, es plantear en sus casas la práctica del santo Rosario rezado en reunión todos los días, como tanto lo ha recomendado el actual Pontífice, el Señor León XIII. ¡Practiquen las madres estos consejos, y Dios les ayudará a desempeñar debidamente sus penosos deberes, preparándoles también muy dulces recompensas!

viernes, 26 de diciembre de 2014

CON MOTIVO DEL MARTIRIO DE SAN ESTEBAN



Con motivo del martirio de San Esteban encontramos una noticia en el periódico con la siguiente reflexión la cual quisiera compartir a nuestros lectores:


   "En los  últimos años de su vida Pablo de Tarso lloraba un crimen de su juventud:
Asistió al martirio de San Esteban, que fue muerto  a pedradas por la turba. No arrojó él ninguna piedra, pero les detuvo el manto a varios que se lo quitaron para poder lapidar mejor al mártir. Tibios, medrosos, a veces no hacemos el mal, pero ayudamos con nuestra tolerancia o indiferencia a quienes lo hacen.

No hay bien alguno en no tirar la piedra si les detenemos el manto a quienes sí la tiran. A veces mirar el mal sin denunciarlo, sin protestar por él, es lo mismo que causarlo.
No tiremos la  piedra, porque eso es malo. Pero tampoco les detengamos el manto a quienes sí la tiran. Eso a veces es peor".
Noticias de Querétaro (3-12-2014)

A continuación presentamos una breve lista de sacerdotes (y obispo) de la FSSPX muy queridos por la feligresía que fueron expulsados o salieron de la FSSPX a causa de oponerse a los graves escándalos ocasionados por la Declaración Doctrinal de Mons. Fellay y al acuerdismo  propuesto.

El común denominador de ellos es el amor a la verdad y la defensa de la Fé como lo quería e hizo Mons. Lefebvre. Muchos sacerdotes y fieles que aún están en la FSSPX han seguido de cerca los acontecimientos sin hacer mucho o nada por defender la verdad, por defender a sus cofrades o a los fieles que han sido relegados por no pensar como ahora lo hace el superior general de la FSSPX; en síntesis han dejado de lado el espíritu de combate y el amor a la verdad que caracteriza al católico, por la obediencia ciega, mismísimo error de muchos sacerdotes que aceptaron la reforma litúrgica de Paulo VI y el Vaticano II.  Por eso repetimos con tristeza: No hay bien alguno en no tirar la piedra si les detenemos el manto a quienes sí la tiran. A veces mirar el mal sin denunciarlo, sin protestar por él, es lo mismo que causarlo.

Lista de sacerdotes (y obispo) que han sido expulsados o salieron de la FSSPX:

S.E.R. Monseñor Richard N. Williamson FSSPX (Inglaterra) ** Expulsión por medidas disciplinarias??

Abraham, Steven FSSPX  (Inglaterra)
Altamira, Fernando FSSPX  prior (Argentina)

Arízaga, Rafael OSB (México) ** No es de la FSSPX pero se le prohibió la entrada a cualquier capilla de la FSSPX

Bufe, Craig FSSPX  (Irlanda)
Cardozo, Ernesto FSSPX (Argentina)
Chazal, Francois FSSPX  (Francia)
De Mérode, Roland FSSPX, prior (Francia)
De Sainte-Marie d’Agneau, Hubert FSSPX  (Francia)
Faure, Jean Michel FSSPX  (Francia)
Fuchs, Martin FSSPX  (Austria)
Girouard, Patrick FSSPX  (Canadá)
Hewko, David FSSPX  (E.U.A.)
N’dong, Pierre-Célestin FSSPX (Gabón)
Ortiz, Juan Carlos FSSPX  (Colombia)
Pfeiffer, Joseph FSSPX  (E.U.A.)
Picot, Rémi FSSPX  (Francia)
Pinaud, Nicolas FSSPX  (Francia)
Pivert, Francois FSSPX (Francia)
Ringrose, Ronald FSSPX(E.U.A.)
Rioult, Olivier FSSPX  (Francia)
Ruiz, Hugo FSSPX  (México)
Vargas, Arturo  FSSPX (México)
Salenave, Mathieu FSSPX  (Francia)

Tomás de Aquino OSB (Brasil) ** A pesar de haber estado en la lucha desde Le Barroux y haber sido amigo cercano de Mons. Lefebvre  la FSSPX retiró su “apoyo” al Monasterio de la Santa Cruz

Trincado, René FSSPX (Chile)
Vignalou, Pierre FSSPX (Francia)
Voigt, Richard SDB (E.U.A.)
Zaby, Bernhard FSSPX  (Alemania)
Zendejas, Gerardo FSSPX  (México)







      




miércoles, 24 de diciembre de 2014

SANTA NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO: MONJES DEL MONASTERIO DE LA SANTA CRUZ


FELIZ Y SANTA NAVIDAD: Monasterio Benedictino San José


Santa Noche Buena y Feliz Navidad: R. P. Hugo Ruíz


Estimados amigos todos en Cristo,

les deseo esta Navidad las mejores gracias del Niño Jesús por la mediación de la Virgen Madre y de su castísimo esposo San José,

Padre Hugo Ruiz V.

¡ Que tengan una Santa Noche Buena y un Nuevo Año lleno de bendiciones!

SALUDO DE NAVIDAD: R.P. Arturo Vargas



“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Y por eso el Niño (parvulito) que nacerá de ti santo, será llamado hijo de Dios” (Lc. C, 2)

“¡Oh Sabiduria divina, nace un parvulito para que lo recibamos tal cual lo deseamos, y se nos da un Hijo para que sea nuestro aquel de quien teníamos necesidad” (San Buenaventura)
Son mis sinceros deseos que en esta Navidad meditemos en las palabras del doctor seráfico y obtengamos el fruto de esta Natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vuestro servidor en Cristo Jesús, son los deseos de quienes colaboramos en este sitio y a la vez los tendremos en nuestras oraciones.
R. P. Arturo Vargas 

lunes, 22 de diciembre de 2014

SEGUNDO DISCURSO DE NAVIDAD: San Buenaventura




“Y saldrá una vara de la raíz de Jesé, y de su raíz subirá una flor, y reposará sobre la flor el Espíritu del Señor.”

Ya habíamos dicho en el anterior discurso los tres tipos de nacimiento del Verbo Eterno, pero es bueno volver un poco atrás para poder comprender el siguiente discurso.

Por lo tanto, el que nace así tiene tres tipos de nacimiento, del Padre, como el esplendor de la luz; nace en la virgen y de la virgen, como el germen en la vid; y, por último, nace saliendo del seno virginal, como la flor sale de la vara, rama o árbol.

Ahora debemos contemplar los extremos a que llega el Hijo de Dios cuando es concebido y nace, en cuanto hombre, de la bienaventurada Virgen. Como queda dicho, tal nacimiento, objeto litúrgico de hoy y de mañana, aparece al presente como remedio, y, a la luz de la consideración más profunda; lo cual lo podemos mirar con los ojos del alma desde tres puntos de vista: ofreciéndose, en efecto, como milagro a los que lo contemplamos, como consuelo a los que lo deseamos y como ejemplo a los que vamos progresando en la perfección bajo su influjo. Y no sin razón, porque, si volvemos las potencias del alma al misterio del nacimiento hayamos que la inteligencia no tiene objeto más admirable para contemplar, ni la voluntad objeto mas deleitoso para desearlo, ni la potencia ejecutiva objeto mas fructuosa para imitarlo.

Viniendo a lo primero, volvemos los ojos espirituales al nacimiento del Señor para contemplarlo. Y no hay duda que, absortos en admiración ante la novedad del prodigio, nos veremos cómo forzados a irrumpir con el salmista: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque El ha hecho maravillas.” ¿Pues qué? ¿Tiene el que contempla y esto lee objeto de consideración  más admirable que la majestad humilde, poder endeble. Inmensidad breve, sabiduría muda y eternidad nacida? Pues todas estas circunstancias tan encontradas concurren en el que ha nacido de la Virgen, realmente, hablando impropiamente, estilo que se usa también en los santos, cabe decir todas estas cosas, pero, si queremos expresarnos según propiedad, se debe afirmar que aquello que en abstracto se predica de la naturaleza debe entenderse de la persona, de suerte que el sentido sea como sigue: “Aquel que es la misma majestad se hace humilde, aquel que es el mismo poder se hace débil y así sucesivamente”. Y debemos advertir que semejante manera de ser no es cosa menos asombrosa. Pues, ¿Que objeto de contemplación puede ser más admirable que la debilidad en el Omnipotente, abatimiento en el Altísimo, enmudecimiento en el Sapientísimo y novedad en el que es eterno?

¿Acaso no se hizo humilde la majestad? Si, por cierto, entonces se mostró humilde Cristo Jesús, “Existiendo en la forma de Dios, no reputo codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo” y cuando así anonadado se redujo a la baja condición de siervo, de suerte que “se hallase recostado en el pesebre el que reina en el cielo” de ahí que David se admirase hasta lo indecible cuando preguntaba “¿Por ventura, no se dirá a Sion hombre y hombre ha nacido de ella?” Dios y hombre es el que en ella ha nacido. Es, por otra parte, humilde hasta el oprobio pues se ha convertido en desecho del pueblo, y, por otro, Altísimo, pues El fundo a Sión. Sobre esto canta la Iglesia ¡Oh gran misterio y sacramento admirable! Procuren leer el responsorio completo que se encuentra en Semana Santa.

Y ¿acaso no se hizo endeble la fortaleza? En efecto se debilito la fortaleza cuando “el Verbo del Señor, por el que se afirmaron los cielos y que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, se hizo hombre y habitó entre nosotros” Y en verdad hacerse Dios hombre equivale a hacerse débil la fortaleza.

Además ¿Acaso no apareció abreviada la inmensidad? Así sucedió en efecto: y ello fue cuando aquel cuya grandeza no tiene medida, cuando quedo reducido a estrecho pesebre, haciéndose breve de verdad de verdad, pues, como canta la Iglesia, “llora el niño puesto en angosto pesebre”. Y, como dice San Pablo a los romanos, c. 9: “Abreviado hizo al Verbo el Señor en la tierra”.

Además ¿Acaso no se hizo muda la Sabiduría? Enmudeciose ciertamente cuando la Sabiduría, “a cuya voz fueron hechas todas las cosas” y, como dice en los proverbios, “estaba en Dios concertando todo”, se halla reclinado en un pesebre haciéndose niño, sin uso de palabra, es lo que dijo el ángel a los pastores: “Encontrareis un infante”. (lc. 2, 12)

Por último, ¿Acaso no nace la eternidad? Decimos que nació la eternidad cuando aquella misma Sabiduría que “desde la eternidad fue ordenada y salió de la boca de la boca del Altísimo, engendrada primero que ninguna criatura” tuvo que nacer en María según estaba escrito: Hombre ha nacido en ella.

Y dime, por favor, ¿Dónde hallarás cosas más maravillosas? Por donde Sn Bernardo, en su homilía “Missus est”, dice así: “Verdaderamente llenas están estas cosas de misterios celestiales”

En cuanto a lo segundo. Volvamos nuestra potencia afectiva a querer al que nace, y ten por cierto que no encontraras objeto de amor más dulce. Donde es de saber que así como es sumamente admirable que haya nacido, así es amable en sumo grado que haya nacido para nosotros. Por esto mismo la Iglesia canta: “Un niño nos ha nacido”, lo vaticino Isaías diciendo: “Un parvulito nos ha nacido, nos ha sido dado un Hijo”. Un parvulito por parte de la Madre para recibirlo, y un Hijo por parte del Padre para poseer a Dios. Ciertamente teníamos necesidad de Dios y de ningún otro inferior a Dios. Pues solo Dios podía redimirte. Ahora bien, si para poseer a Dios se te hubiera dado según la forma de su inmensidad, nunca hubieras llegado a su posesión, por eso fue traza admirable de Dios concederte que poseyeras al Hijo de Dios, necesario para ti, y recibieras al parvulito, puesto a tu alcance. Y, por cierto, la divina providencia tuvo en cuenta dos extremos: por una parte, a su largueza, para donar aquello que le convenía darnos; y, por otra, a nuestra pequeñez, para dar aquello que nos convenía recibir. De aquí que “El Señor hizo abreviada la palabra, esto es el Verbo, sobre la tierra” y que nos haya nacido un parvulito, y se nos haya dado un Hijo sin menoscabo de su inmensidad.

¡Oh cuantos bienes se nos comunican cuando se nos comunica Dios! Por ventura, ¿No se nos da el mismo Dios y juntamente con El todo lo que es inferior a Él? Y ¿Qué negara Dios a aquellos a quienes ha sido dado el Hijo? O como dice San Pablo: “¿Cómo no nos ha de dar con El todas las cosas?” (rom. 8, 32)


Pero ¿Por qué se nos da un parvulito? En el caso de que nos hubiera dado al hombre Dios como inmenso, ¿no es verdad que el pecador habría temido mas al Dios que todo lo reprende? Y si se nos hubiera dado Dios como elocuente, ¿Acaso no habría el reo temido la sabiduría del que todo lo escudriña? Y, por último, ¿Si hubiera venido Dios rodeado de sus ejércitos angélicos, no es verdad que el hombre miserable se habría avergonzado de pertenecer a la sociedad de los ángeles? Y tanto más cuanto que, como se dice en las lamentaciones, los ángeles, “al ver la ignominia del hombre, habríanle menospreciado”. Pues bien; el hombre así necesitado, ¿Qué podía anhelar, sino que naciese un parvulito para evitar el terror de ser castigado, un Niño o sin locución para evitar el terror de ser argüido, y un Niño pobre y solitario para evitar el terror de ser despreciado? Tal es el deseo que haciéndolo suyo, evocaba la Iglesia por estas palabras del Cantar de los Cantares: “Quien me diera que fuese hermano mío, amamantado a los pechos de mi madre.”

sábado, 20 de diciembre de 2014

Domingo 3° de Adviento 2014: R. P. Hugo Ruíz

CONCEPCIÓN CATÓLICA DE LA ECONOMÍA: P. Julio Meinvielle CONTINUACIÓN



CAPÍTULO II

LA PRODUCCIÓN DE LA TIERRA

En el capítulo anterior descubrimos al vivo la perversión esencial y funesta de toda economía que, como el capitalismo, esté regida intrínsecamente por la concupiscencia del lucro.

Siendo ésta un instinto insaciable, infinitamente vertiginoso, dinámico, acelerador, es rebelde a toda medida, y por esto importa una radical inversión de todos los valores humanos, y aún de los mismos valores económicos. De los valores humanos: porque en lugar de poner la economía al servicio de la vida corporal del hombre, para que así pueda éste alcanzar la integridad de su vida intelectual y espiritual y ponerse al servicio de Dios, Señor único que merece plena adhesión, la concepción económica moderna absorbe todas las energías espirituales y materiales del hombre y las coloca a merced del gigantesco edificio económico, alrededor del cual todo el mundo – desde el último desocupado hasta el poderoso financista – está obligado a postrarse en religiosa danza.

Inversión de los mismos valores económicos: porque en lugar de emplear el dinero como un puro medio de cambio que facilite la distribución y difusión de las riquezas naturales, se hace de él precisamente lo opuesto, es decir un fin último, con una poderosa fuerza de atracción que concentra en pocas manos más dinero, y con él las mismas riquezas naturales.

De tal suerte está armada la economía capitalista, que todo concurre a la multiplicación del oro: las riquezas y el crédito sirven para multiplicar el oro; si se comercia es para multiplicar el oro; si se produce es para comerciar y con ello multiplicar el oro; si se consume es para producir más y con ello comerciar más y poder multiplicar más el oro. De modo que la vida es una danza perpetua alrededor del oro, al cual, para colmo de la paradoja, nadie ve porque duerme en las cavernas misteriosas de los grandes bancos.

De modo que el consumo, que debía de ser el fin próximo regulador de todo el proceso económico, viene a estar, en último término, supeditado a la producción, al comercio y a la finanza; y, en cambio, la finanza, que debía ocupar el último lugar como un puro medio, obtiene el primero de fin regulador.

Jerarquía de la producción

Esta morbosa aceleración debía provocar al mismo tiempo un trastorno profundo en los fenómenos económicos particulares, tales como la producción.

Sin entrar en consideraciones metafísicas que pueden parecer profundas, apliquemos el sentido común y preguntemos: ¿cuál es la finalidad de la producción de riquezas?, ¿para qué se empeña el hombre en el trabajo, y produce? Sin duda para disponer de bienes que pueda consumir. No quiere decir esto que sólo haya de producir lo que diariamente consume. De ningún modo. Puede y debe producir más, y ahorrar aquello que no consume, y formar un patrimonio estable que le asegure la vida en el mañana a él y a su familia y que se perpetúe entre sus herederos. Pero aún esto que inmediatamente no consume, lo produce en previsión del consumo que necesitará mañana sin poderlo entonces producir. Luego, siempre será verdad que produce para consumir. ¿Y cuáles son los primeros bienes de cuyo consumo necesita el hombre?: ¿gozar, vivir en habitación conveniente, vestirse o comer? Sin duda que primero es comer, y después vestirse, y luego tener habitación conveniente, y por fin disfrutar de honestos pasatiempos. Y como la tierra es la que casi directamente nos proporciona lo necesario para comer, vestir y habitar, y en cambio la industria nos suministra de preferencia lo superfluo, se sigue que, en un régimen económico ordenado, la producción de la tierra y sus riquezas deben obtener primacía sobre la producción industrial, la vida del campo sobre la vida urbana.

Es decir: exactamente lo inverso de lo que acaece y forzosamente debe acaecer en la economía moderna. La economía capitalista es, en su esencia, pura aceleración. La producción de la tierra y el con-
sumo de sus productos se substrae a la aceleración: no es posible, por ejemplo, obtener trigo en pocos días o en algunas horas, o consumir 10 kilos de pan en vez de uno. 
En cambio la producción de lo superfluo puede aumentar ilimitadamente, porque siempre es posible crear nuevas necesidades superfluas y satisfacerlas infinitamente. Luego la economía capitalista, por su misma esencia, siéntese impulsada al fenómeno "contra naturam" (que viola las exigencias naturales) de hacer de la industria, de la fábrica, el tipo normal de producción y, en cambio, imaginar la agricultura como un acoplado arrastrado por la indus-tria. Henry Ford ha tenido la franqueza de confesarlo cuando considera la agricultura como una industria "auxiliar o subsidiaria", según palabras textuales. (En Aujourd hui et demain, pág. 230; citado por Marcel Malcor, Nova et Vetera, janvier et mars, 1929).

Este dislocamiento de la producción debía engendrar fenómenos tan típicos del capitalismo como el que la producción y consumo de un artículo son tanto mayores cuanto más inútiles. Así, por ejemplo, la mujer americana: gastó en 1925, por término medio, tres veces mas en cosméticos de lo que gastó en pan, y ahora, en plena crisis, vemos que, con un evidente subconsumo de alimento y vestido, hay un derroche de cigarrillos, diversiones, diarios, alcohol, etc.; después, el fenómeno de los apelotonamientos humanos en las llamadas grandes ciudades, donde se pasa una vida raquítica y miserable pero colmada de diversiones, mientras los campos quedan desiertos; el de estos mismos campos, en posesión y provecho de unos pocos propietarios, que se divierten en el harén de la ciudad, mientras los colonos se consumen en los sudores que no le rinden sino miseria; y por fin, el de la explotación agrícola industrializada y mercantilízada, de suerte que no asegura la vida decente del labrador.

Esta inversión total de la jerarquía de la producción, esta absorción que el mercado y la Industria hacen de la tierra y su producción producen un trastorno radical del mismo campo. Es necesario persuadirse que el problema del campo no tiene solución en una economía capitalista, en una economía que esté impulsada por la avaricia como por propio fin. Error nefasto de todos los que viendo la angustia de la pro-piedad y de la explotación agrícola quieren ponerle remedio apelando a una equitativa distribución de tierras o a una solidaria cooperación, sin enderezar antes el torcido o invertido orden de la vida económica.

Aunque se hiciese una repartición ideal de la tierra y se implantase una explotación también ideal, no se remediaría absolutamente nada mientras no se reformase la misma concepción económica moderna y no se le restituyese el sentido de la jerarquía económica natural. Porque, como he dicho antes, el desbarajuste económico del campo, que entre nosotros colma toda medida, está provocado por causas industria-les, comerciales y financieras, y no tiene solución verdadera mientras la tierra y los productos naturales no recobren la función reguladora de la. producción a que le destina la misma naturaleza de la realidad económica. 

Observación que a muchos parecerá poco práctica pero que se puede comprobar por el simple hecho de la crisis: una cosecha abundante y un ganado de primera clase que no se puede colocar en los mercados mundiales a precio ventajoso basta para sumergir en la miseria y en el hambre a toda, la población campesina.

Producción tipo doméstico y rural

Para que este simple hecho que se aduce tan sólo como un mero ejemplo no sirva para disminuir el alcance de esta observación, adviértase que el desbarajuste del campo es permanente porque permanente-mente su vida está atraída y como imantada por la vida anémica de la ciudad, porque su producción está arrastrada por la producción industrial y comercial; aunque evidentemente el desbarajuste será mayor cuando a su vez se produce un trastorno en la misma industria y comercio.

Cuando la tierra pierde la vida propia y va acoplada al industrialismo y al mercantilismo, la sublevación de los paisanos es inminente; los terratenientes que viven en la ciudad pueden aprestarse al degüello.

Será conveniente recordar lo que sucedió en el siglo IV en el norte del África:

Numidia Y Bizacena, en el siglo III y IV, suministran aceite de oliva al mundo civilizado; adelantándose a las fórmulas modernas, establecen un cultivo e industria especializados y orientados hacia la exportación. Y, evidentemente, son éstas dos razones para que los grandes dominios, mejor organizados, equipados de mejores recursos, sobre todo desde el punto de vista del comercio con el extranjero, absor-ban a los pequeños. Y así, en el siglo IV, África está dividida en pocas explotaciones. El labrador propietario ha desaparecido, los siervos son menos numerosos; los colonos o paisanos libres de antaño, reducidos a un verdadero proletariado, han de pagar caro su pan en dominios en los que todo está sacrificado a las explotaciones industriales. Tropas impersonales dé asalariados invaden los campos.

Un buen día, una revolución agraria barre con toda una clase de propietarios del suelo, y ciudades de lujo, ciudades de propietarios corno Lambesa, Tirngad, Aquae Regiae, Thisdrus, desaparecen de golpe. Los colonos se reparten las tierras, y el poder debilitado pasa a manos de los vándalos llamados, por ellos. (Marcel Malcor, Nova et Vetera, abril-junio 1931).

No es mi intento infundir pavor a nadie. Sólo quiero dejar establecido que una producción de la tierra ordenada exige que la producción económica no sea primordialmente (subrayo: primordialmente) ni financista, ni mercantilista, ni industrialista.
La producción de la tierra debe estar más generalizada y debe ser preferida a la producción indus-trial. Y dentro de la misma tierra, la producción debe ser primero doméstica y sólo después mercantil.
Si ninguno, obsesionado por el monstruo del progreso capitalista sufre escándalo, voy a escribir la palabra: la producción económica debe ser preferentemente patriarcal. Es decir: que ha de dominar en la posesión del tipo de solar en el cual pueda vivir frugalmente una familia modesta, y en la producción, el tipo de productos domésticos y de granja, de suerte que el tipo común de familia, pudiendo producir en la propia casa, no se vea, por ninguna eventualidad, en la miseria. 

He dicho preferentemente: pues ha de haber ciudades e industrias, aún con personal asalariado, pero no deben dominar; deben ocupar un lugar secundario, lo mismo que la explotación agrícola en gran escala. Por tanto, si se contempla la fisonomía general de un régimen ordenado, humano, de producción económica, éste debe ser rural en oposición a urbano, doméstico en oposición a mercantil.

Piensen los glorificadores de la economía capitalista que todos sus ditirambos al Progreso, a la Industria, a la Urbe, se deshacen como globos de jabón, cuando al pie de estos colosos, levantados con el sudor del pobre, se contempla la miseria espiritual y material del proletariado famélico y la ruina e incertidumbres del arrendatario en los campos. Si cierto pretendido progresó ha de servir para esclavizar al hombre, suministrándole goces que no necesita y privándole del pan espiritual y material que sustenta, húndase en buena hora el Progreso. Como quizás algún ingenuo socialista imagine que el ideal sería levantar al proletariado y sentarle en el festín del paraíso burgués, es bueno recordarle que no delire. Porque el paraíso estomacal del burgués se ha levantado precisamente porque es burgués, es decir: porque estaba en vigor una concepción económica que favorecía el enriquecimiento individual.

Si la concepción económica hubiese sido estatal, colectivista, socialista, una de dos: o se hubiese implantado el trabajo obligatorio, y entonces quizás se lograse una poderosa riqueza colectiva, pero a costa de la esclavitud también colectiva como en Rusia; o se hubiese dejado en libertad, y entonces no se produciría ni para comer, porque si la colectividad produce y da de comer no hace falta que el individuo se preocupe.

Por esto, sin eufemismos, sin afán de soluciones prácticas, digo que si no se quiere la esclavitud capitalista ni la esclavitud marxista, es necesario optar por una economía tipo patriarcal, rural, doméstica.
No digo -entiéndase bien- que sea próximamente posible ni de aplicación práctica inmediata. No lo podría ser: porque esta fisonomía económica está determinada por la liberalidad, así como el capitalismo liberal y el marxista han sido engendrados por la avaricia burguesa o proletaria, y actualmente el instinto de la avaricia está más virulento que nunca.
Digo sí que es la única configuración económica que puede libertarnos de la opresión capitalista o marxista.

El uso común de los bienes exteriores

Toda esta doctrina sobre la jerarquía de los factores de producción y sobre la necesidad de una economía tipo patriarcal es corolario de la admirable enseñanza de Aristóteles y de Santo Tomás sobre el uso de los bienes materiales.

El hombre llega al mundo, y se encuentra frente a una infinidad de bienes exteriores: la tierra con sus inmensas riquezas de plantas y animales, de peces en el agua y de aves en los cielos. ¿Para quiénes y para qué son estos bienes? Todo lo han puesto debajo de sus pies, responde el salmista en el salmo VIII.

De modo que todo está al servicio del hombre; todo es para que el hombre pueda usar, o sea, comer, vestirse, formar su vivienda, y disfrutar de un humano deleite en la vida de familia.

Pero, todo es para el hombre: ¿para cuál hombre?, ¿para los de una raza, de una nación, de una ciudad, de una clase social? De ninguna manera. Todos, el más humilde de los seres humanos, tienen de-recho a usar, digo usar y no precisamente poseer, de aquello que necesita para una vida humana, él y su familia. Nadie puede ser excluido. Y un régimen económico que no asegurase permanentemente a todas las familias lo necesario para una subsistencia humana, sería un régimen nefasto, perverso, injusto. 

Y por esto Santo Tomás (II. II, q. 66, 2, ad, 7), siguiendo a Aristóteles (Pol. II, 4), dice: Otra cosa que compete al hombre sobre las cosas -exteriores es su uso. Y en cuanto a esto no debe el hombre poseer las cosas exteriores como propias.

La razón es clara: todo hombre tiene derecho a vivir en familia; luego tiene derecho a los medios que le aseguren una subsistencia humana familiar; pero como estos medios son los bienes exteriores, todo hombre tiene derecho a los bienes exteriores que aseguren su subsistencia y la de su familia. Y observen bien que determino ahora el minimum de lo que debe un hombre usar. Este minimum es la subsistencia humana de la familia; humana, digo: por lo tanto, algo más de lo que hace falta para comer y vestir. Cierto bienestar humano permanente. Podrá ser pobre, esto es: no disponer de riquezas superfluas, pero nunca deberá ser miserable. Dios no quiere la miseria de nadie. Y un régimen que coloca al hombre en la mise-ria es un régimen injusto, reprobado por Dios.

Por esto están condenados el socialismo y el capitalismo; porque uno y otro, en virtud de su esencia, colocan al hombre permanentemente en un estado de miseria. El capitalismo, porque concentra la propiedad y uso de los bienes en manos de unos pocos afortunados y millonarios y deja a la multitud condenada a vivir (digo a morir) de un salario precario y eventual; el segundo, porque igualmente la concentra en forma brutal en manos del estado, de donde la multitud se verá frecuentemente privada de su uso. Es verdad que el socialismo imagina la apropiación de los bienes de producción por el estado para luego re-partirlos y ponerlos a disposición del consumo de todos los hombres; pero, como lo han visto ya con mi-rada penetrante Aristóteles y Santo Tomás, un tal régimen además de violentar la justa libertad de todos y de no tener en cuenta la desigualdad de las naturalezas individuales, traería como consecuencia lógica la insuficiencia de la producción. Porque, como lo comprueba la experiencia cuotidiana, lo que pertenece a todos no lo hace nadie. Y si todos deben producir en colectividad, se produciría muy poco.

De aquí que Santo Tomás, en el mismo artículo en que establece el uso común de los bienes exteriores, afirma y demuestra la necesidad de la propiedad privada (II-II, q. 66, a 2).

Así, planteándose la cuestión de si es lícito al hombre poseer algo como propio, contesta: “Res-ponderemos que acerca de la cosa exterior dos cosas competen al hombre: 1º la potestad de procurar y dispensar; y en cuanto a esto es lícito que el hombre posea cosas propias y es también necesario a la vida humana por tres motivos: 1º porque cada uno es más solícito en procurar algo, que convenga a sí solo que lo que es común a todos o a muchos; pues cada cual, huyendo del trabajo, deja a otro lo que pertenece al bien común, como sucede cuando hay muchos sirvientes; 2º porque se manejan más ordenadamente las cosas humanas, si a cada uno incumbe el cuidado propio de mirar por sus intereses; mientras que sería una confusión si cada cual se cuida de todo indistintamente; 3º porque por esto se conserva más pacífico el estado de los hombres, estando cada uno contento con lo suyo; por lo cual vemos que entre aquellos, que en común y pro-indiviso poseen alguna cosa, surgen más frecuentemente contiendas; la segunda cosa que compete al hombre en las cosas exteriores es el uso de las mismas; y en cuanto a esto no debe tener el hombre las cosas exteriores como propias sino como comunes, de modo que fácilmente de parte en ellas a los otros, cuando lo necesiten. Por esto dice el Apóstol (1 Tim. VI, 17): manda a los ricos de este siglo ... que den y repartan francamente de sus bienes ...”

La propiedad privada

De suerte que el uso común de los bienes exteriores funda y justifica la propiedad privada, como afirma Pío XI en su maravillosa Quadragésimo Anno, cuando dice:

"Todos (es decir León XIII y los teólogos que enseñaron guiados por el magisterio de la Iglesia) unánimemente afirmaron siempre que el derecho de propiedad privada fué otorgado por la naturaleza, o sea por el mismo Creador, a los hombres, ya para que cada uno pueda atender a las necesidades propias y de su familia, ya para que por medio de esta institución, los bienes que el Creador destinó a todo el género humano, sirvan en realidad para tal fin, todo lo cual no es posible lograr en modo alguno sin el mantenimiento de un cierto y determinado orden".

Si se quiere comprender el problema de la propiedad privada, es necesario comprender antes el uso común de los bienes, o lo que es lo mismo; el derecho a la existencia que cabe a todo miembro de la familia humana. El derecho de la propiedad privada es un medio necesario, pero medio, que tiene como fin asegurar el uso común de los bienes exteriores. (Uso común: que no quiere decir que todos hayan de usar cualquier cosa sino que a nadie le ha de faltar aquel mínimum que necesita para vivir).

No se puede evitar eficazmente el liberalismo económico, que hace omnímodo el derecho de pro-piedad, si no se hace derivar a ésta del uso común de los bienes. En esta doctrina se funda además la doc-trina de los teólogos católicos sobre el derecho que tiene todo aquel que se encuentra en extrema necesidad de tomar lo que necesita para sí y su familia; "entonces -dice Santo Tomás (II-II, q. 66, a.VII)- puede cualquiera lícitamente socorrer su necesidad con las cosas ajenas, quitándolas, ya manifiesta, ya ocultamente, y esto no tiene propiamente razón de hurto ni de rapiña".

En la misma doctrina se funda el derecho que compete al Estado de limitar y regular la propiedad privada de suerte que alcance en efecto su destinación común. Porque, si la propiedad privada es para ase-gurar el uso común de los bienes exteriores, el Estado, que tiene por misión promover el bien común, debe regularlo para tal fin.

Pío XI ha recordado esta doctrina en la "Quadragesimo Anno", cuando escribe:

"Por lo tanto, la autoridad pública, guiada siempre por la ley natural y divina e inspirándose en las verdaderas necesidades del bien común, puede determinar más cuidadosamente lo que es lícito o ilícito a los poseedores en el uso de sus bienes. Ya León XIII había enseñado muy sabiamente que «Dios dejó a la actividad de !os hombres y a las instituciones de los pueblos la delimitación de la posesión privada». La historia demuestra que el dominio no es una cosa del todo inmutable, como tampoco lo son otros elementos sociales y aún Nos dijimos en otra ocasión en estas palabras: Que distintas han sido las formas de la propiedad privada, desde la primitiva forma de los pueblos salvajes, de la que aún hoy quedan muestras en algunas regiones, hasta la que luego revistió en la forma patriarcal, y más tarde en las diversas formas ti-ránicas (usando esta palabra en su sentido clásico) y así sucesivamente en las formas feudales, y en todas las demás que se han sucedido hasta los tiempos modernos".

En esta determinación de la propiedad, la acción del Estado debe ser tal que, lejos de abolir la pro-piedad privada, tienda a garantizarla y hacerla efectiva; para que toda familia, en la medida de lo posible, posea el propio solar estable que se perpetúe de generación en generación.

El ideal de la política gubernamental debe ser asegurar a las familias urbanas y campesinas la propiedad de familia, y protegerla luego con una legislación eficaz. Precisamente, lo contrario de la política liberal y socialista, empeñada en destruir a la familia, ya con leyes nefastas que atentan a la indisolubi-lidad del vínculo matrimonial o que relajan, por la enseñanza pública normalista e imbecilizada, la autoridad y educación paternal, ya con leyes sobre la división de la herencia, inspiradas en el Código Napoleón, o sobre la imposición de hipotecas al propio bien de familia. Es necesario, si se quiere un ordenamiento de la propiedad y de la vida agrícola, restituir el patrimonio de familia. ¿Qué es un patrimonio de familia? Es un bien del cual están investidos los poseedores sucesivos porque se va perpetuando en una misma línea, sin fraccionarse. Bien inenajenable o inhipotecable e inembargable, reconocido por el derecho germánico que Le Play llama familia-estirpe1.

Para continuar exponiendo lo que una concepción económica sana exige sobre la producción de la tierra, diré que una vez restituido el patrimonio de familia, el dominio rural, que es como la célula orgáni-ca de la producción agrícola, será necesario coordinar de tal suerte el trabajo de las distintas familias, es decir: la explotación agrícola pequeña o mediana, que no se vea absorbida por la grande ni devorada por el terrateniente poderoso. Es necesaria la cooperación. Cooperación que podrá amparar los derechos del agricultor en la natural concurrencia económica: le defenderá contra los usureros por las mutuales de Crédito como las Cajas Reiffesen; le instruirá sobre las mejoras que conviene introducir en los cultivos; le facilitará los abonos convenientes, los instrumentos de producción, sobre todo los más costosos; le libertará de la opresión comercial por las cooperativas de consumo; y asegurará el almacenaje y venta de las cosechas por las cooperativas de producción. En una palabra: se constituirán verdaderos sindicatos agrícolas que proveen a las necesidades comunes de los agricultores.

Evidentemente que todas estas medidas serán completamente inútiles si el gobierno no evita con brazo firme el monopolio y las especulaciones de los intermediarios internacionales. Como en realidad, a mi entender, hemos llegado a un punto crítico, en que el poder de las especulaciones es casi indestructible, mientras que el del Estado, a causa del liberalismo democrático, es harto débil, es necesario organizar en forma tal la tierra, que sea posible satisfacer las necesidades propias del país; de suerte que la producción abastezca primero al país antes de orientarse al mercado mundial. Exigirá esto, evidentemente, una distribución agrícola menos mercantilista, menos lucrativa pero más abundante en bienes naturales. Hay que auspiciar una explotación mixta, agrícola-hortícola-avícola-ganadera. Naturalmente que, en nuestro país, se le ha de hacer difícil al elemento nativo repechar su natural indolencia.

Tendríamos así que la misma extralimitada especulación de los monopolios, como el ritmo del mercado mundial, que es francamente proteccionista, sugiérese el retorno a una producción de la tierra de tipo patriarcal, de lo que hablaba antes.

El estado puede limitar la propiedad privada

Subrayaba anteriormente que el uso común de los bienes exteriores justifica y regula la propiedad privada, de suerte que, en lo posible, a toda familia corresponda un patrimonio fijo inalienable. Pero éste se ha expuesto más como término al cual debe tenderse, aunque nunca se le podrá lograr perfectamente. Siempre habrá gente que por voluntad propia o por necesidad no tendrá solar propio. En el campo, será ésta la condición del arrendatario o del aparcero. Tanto el sistema de arrendamiento como el de aparcería son en sí justos, con tal que sea justo el precio estipulado. Entre nosotros, son por lo general exorbitantes, porque están calculados para tiempos de prosperidad excepcional. Además que es una flagrante injusticia (al menos social en cuanto va contra el uso común de los bienes exteriores) el de los grandes terratenientes que exigen en estos años de pérdidas el pago de sus arriendos aunque los campesinos se vean en el des-amparo.

Aunque el arrendamiento como tal sea un sistema justo, una producción ordenada de la tierra exige que los cultivadores sean preferentemente los mismos propietarios. Lo que pasa en la Argentina de que el 70 por ciento por lo menos de la tierra en cultivo sea arrendada (y esto en condiciones harto des-ventajosas) revela un profundo trastorno. No es fácil indicar la solución a este problema, pero es menester persuadirse de que la solución es necesaria tanto para la justicia como para la paz social.. El colono es paciente, pero todo tiene límite, además de que no es justo abusar de la paciencia de nadie.

El Estado tiene poder en virtud de su función de procurador del bien común para aplicar la solución que contemple el bien de todos.

Para hacer ver hasta donde puede llegar este poder, y al mismo tiempo demostrar en un ejemplo la limitación que impone a la propiedad privada el uso común de los bienes exteriores, voy a exponer brevemente la política enérgica aplicada por los Papas en el siglo XV contra los latifundistas y monopolizadores.

A fines del siglo XV, el agro romano, una parte de la campiña de Roma, se hallaba en un estado de lastimosa desolación, mientras en Roma existía una penuria espantosa. Los propietarios de los terrenos del agro romano preferían dejar que las tierras produjeran espontáneamente hierba para pasto de animales brutos que obligarlas por sí o tolerar que otros las obligasen a llevar fruto para sustento de los hombres.

Fué entonces cuando el Papa Sixto IV, en su célebre bula Inducit-nos, del 19 de marzo de 1476, dió facultad a todos, en el territorio de Roma, de arar y cultivar, en los tiempos según la costumbre, la tercera parte de cualquier hacienda que eligiesen, cualquiera fuere su dueño, con la condición de que pidieran permiso, pero con facultad de labrar aunque no lo obtuviesen, aunque pagando una cuota o renta a los propietarios.

Como se ve, en este caso, el Estado, en virtud de su poder jurisdiccional o justicia legal, sin privar a los propietarios de su dominio (como lo demuestra el pago de la renta), lo regula en forma tal que el uso y usufructo de la propiedad sea participado por todos.

La Bula de Clemente VII demostrará más eficazmente hasta donde alcanza este poder.

Con la bula de Sixto IV se había conseguido que "muchísimos se dedicasen a la labranza", pero como luego los barones prohibían a sus vasallos transportar el grano cosechado, con el fin de obligarlos a vendérselos a ellos barato para luego revenderlos, nadie quería seguir cultivando. Es el caso del vulgar monopolio de los Dreyfus, Bunge y Born, etc., ya consignado en su tiempo por Aristóteles. 

¿Qué hace el Papa para remediar esta situación?

Prohíbe severamente a todos barones y nobles romanos y a cualesquiera otras personas: 1º Comprar a sus vasallos trigo y otros granos, fuera de lo necesario para el uso y sustento de su casa; 2º Impedir-les que lo lleven a Roma; 3º Que ellos mismos lo transporten a lugar distinto de aquella ciudad.

Para dar eficacia a la prohibición, amenaza que los que no obedeciesen, dentro de los 15 días de promulgada la bula, incurrirán en la sentencia de excomunión, de la cual no podrán ser absueltos más que por el Romano Pontífice, con expresa mención del caso, en el trance de la muerte solamente y con expresa satisfacción. Si aún así no obedeciesen, pasados otros 15 días, serán privados enteramente del feudo, el cual será confiscado en beneficio de la Cámara Apostólica; y si, transcurridos seis meses después de los últimos 15 días, rehusaren obedecer, entonces, ipso jure, serán privados de todos los pueblos, tierras, quintas, feudos y derechos, con incapacidad de recobrarlos o poseer otros para siempre; y las ciudades, pueblos, tierras, quintas y derechos serán incorporados de pleno derecho a la Cámara Apostólica. (Ver Narci-so Noguer S. J. Cuestiones Candentes sobre la propiedad y el socialismo).

No se trata evidentemente de proponer la aplicación de este ejemplo para remediar la situación nuestra. Se trata de hacer ver hasta dónde puede llegar el poder del Estado en la regulación de la propiedad. Que es tal esta regulación, que si alguno la desacatare puede acarrearle la pena de la misma expropiación. Porque, obsérvese bien que, en el caso aducido el Papa, no priva del dominio sino después que el propietario se ha hecho reo de delito contra la justicia social; y es un delito no acatar la regulación que de la propiedad imponga el Estado en vista del bien común.
Obsérvese, además, que la aplicación de una medida enérgica puede justificarse por la doctrina del uso común de los bienes, que autoriza a aquél que se halla en extrema necesidad a tomar lo ajeno para no perecer de miseria. Si una familia puede hacer justamente eso, parece que, si son muchas las familias que se ven en la miseria, porque el único capital que poseen, el trabajo de sus manos, vale cero (si hay desocu-pación vale cero), el Estado mismo debe entonces tomar a su cargo la distribución de los bienes que otros poseen superfluamente. Una solución radical corolario
de esta doctrina

Quizás haya llegado el momento, o esté por llegar, de una enérgica regulación de la propiedad privada. Existe hoy una injusta acumulación de bienes en manos de unos pocos mientras la multitud se halla, no en la pobreza, sino en la miseria. Implica esto una injusticia social y una seria amenaza para el orden social. Es urgente darle solución.

Ahora bien, el Estado, cuya misión es velar por la justicia social, debe remediarla apelando a soluciones eficaces. Estas deben ser tales que no desconozcan el derecho de propiedad. El Estado debe respetar la propiedad privada, y como sería imposible, en el caso presente, determinar cuáles son los bienes furtivamente adquiridos, debe abstenerse de intentar determinarlo y debe dejar los bienes en manos de los que se encuentran al presente.

Pero respetado el actual dominio, puede y debe buscar solución al problema de la desocupación y miseria. Para ello, deberá hacer un estudio amplio de la actual repartición de bienes financieros, comercia-les, industriales y agrícolas; examinará el rendimiento de estos bienes y su distribución para inquirir el porqué, aún con este rendimiento de riqueza, hay en el país millares de familias que no tienen la subsistencia necesaria.

Una vez examinadas estas causas, y para ello nada mejor que consultar a las fuerzas económicas del país (obreros, agricultores, ganaderos, hacendados, industriales, etc.), aplicará con energía aquella so-lución que consulte mejor la justicia social, a saber: No es posible que en este país rico de bienes naturales suficientes para una población inmensamente mayor, haya nadie que en virtud del orden económico social, carezca de la subsistencia humana estable a que tiene derecho como miembro de la colectividad social.

Impondrá luego, como obligatorias, aquellas medidas que encuentre necesarias para alcanzar la realización de esta exigencia social, teniendo en cuenta que no es justo que haya miles de familias en la miseria mientras otros gozan de una renta de 5.000, 10.000, 20.000, 50.000, cien mil, y doscientos mil pesos mensuales.
Las medidas gubernativas no consistirán en privar de sus propiedades y riquezas a los que hacen estos beneficios excesivos, sino en obligarlos a que hagan extensivos estos beneficios al mayor número de familias necesitadas, ya proporcionando trabajo, ya con una mejor remuneración del trabajo, ya en-tregando al Estado estos beneficios para que él los distribuya entre las familias necesitadas de la colectividad.

Si los detentores de estas riquezas productivas se niegan por egoísmo o carencia de sentido social a someterse a esta regulación, no titubee el gobierno, en castigarlos como violadores del orden social; y ningún castigo más eficaz que el privarles de sus riquezas, de acuerdo al ejemplo de los Papas arriba mencionados.

Una consideración sobre nuestro país

En un país, de la riqueza natural del nuestro, la miseria no tiene razón de ser. Si la hay, se debe exclusivamente a la mala ordenación de nuestra vida económica, que es más economía de lucro y no de subsistencia. Nuestro país ha sido y es explotado por los extranjeros como una factoría. Estructurado el país como una factoría de producción para el extranjero, nuestro bienestar está a merced de los precios que nos imponen los especuladores. Y cuando estos precios no cubren el costo deja producción, como sucede y debe suceder ahora, reina la bancarrota y la miseria mas espantosa.

¿En dónde está la solución permanente que nos salve de la miseria hoy y en el mañana y que realice que en nuestro país se forjen generaciones genuinamente argentinas, arraigadas en nuestro suelo?

En un cambio total de nuestra estructuración económica: que nuestra economía deje de ser de lucro, mercantilista, y sea una economía de subsistencia, de consumo.

Hay que forjar el dominio rural para las familias. Que las familias se arraiguen en la tierra; las ricas en sus estancias y las pobres en sus chacras, quintas o estanzuelas. Que se arraiguen en el propio suelo para perpetuarse en ella en generaciones robustas y copiosas. Y que vivan en sus tierras. ¿Cómo es posible que los campesinos de hoy puestos en contacto con la tierra, madre fecunda, sufran miseria, sino porque trabajan artificialmente "para vender" y no para vivir?

Cuando se cambie esta orientación de la vida económica, las familias le tomarán cariño al propio suelo, y no vivirán en sobresalto angustioso como el campesino de hoy, víctima del especulador, que no sabe cómo le irá mañana.

Restituido el dominio rural, como expliqué en el cuerpo de este capítulo, hay que reconstruir también el mercado rural, dentro de una región, para ilustrar y estimular en los agricultores. En Italia se están haciendo experiencias que merecen ser aplaudidas e imitadas.
Además, hace falta organizar en instituciones nacionales toda la vida productiva de nuestra campa-ña para realizar sobre la base de la economía doméstica y rural la economía de suficiencia nacional

El retorno a la tierra

Es claro que es menester descongestionar las ciudades y emprender la vuelta hacia la tierra (magna parens), no para explotarla y luego abandonarla, sino para vivir, vivir y perpetuarse en su fecundidad material y espiritual. Con este sentido de la "economía de subsistencia", hay que abrir la tierra a todas las familias que no tienen motivos para merodear en la vida anémica de la ciudad sirviendo a los vicios.

En la tierra poseída como un patrimonio de familia, sentirán los hombres su unión con los antepa-sados y se sentirán unidos con las riquezas reales de la tierra, las cuales le unirán con el Creador.
La tierra con sus virtudes cósmicas y divinas está llamada a solucionar no sólo el problema de una mejor distribución de los bienes temporales sino también el problema de la vida humana para que el hombre pueda servir a su Dios.

La tierra que no permite una absoluta mecanización, posible en los otros sectores de la economía, tiene relaciones misteriosas con la vida misma: es profundamente biológica.

Y es este sentido biológico, sentido de la vida, irreductible a ninguna expresión mecánica, el que debe recobrar el hombre moderno. Si no recobra este sentido vital que ha perdido, podrá reconstruir una economía nueva, tipo corporativa, con un funcionamiento jerárquico, pero será una mecánica de la que el hombre se sentirá esclavo y no señor. Por esto es necesario que el hombre viva un ordenamiento económico nuevo y no que lo construya, como una obra exterior.

Y la tierra, fecunda con el trabajo del hombre, le hará vivir este ordenamiento.
Hay que levantar, entonces, el grito de retorno a la tierra con un sentido profundamente humano. Sólo así será una solución económica y vital para el hombre moderno, que entre papeles y máquinas ha perdido el sentido de la realidad.

Para terminar este capítulo digamos que la imposición de un orden en el problema de la propiedad y en la producción de la tierra requiere un gobierno fuerte, libre de compromisos políticos y de prejuicios liberales, que independice al país del círculo de hierro en que le tienen amordazado los financistas y especuladores internacionales, que domine los intereses mezquinos de los capitalistas y latifundistas, que conozca la realidad total del país y del mundo, que no se amedrente de los clamores populares suscitado por la jauría de los políticos y que, sólo guiado por el. bien común, común de las familias según su distinta condición y función social (porque ha de haber familias pobres y familias ricas), imponga la ordenación más ventajosa.